Cómo un laberinto de Goblins, bolas de cristal y un Starman eterno nos enseñan a bailar con la vida y atravesar nuestros propios umbrales
Hay momentos que se quedan grabados en la memoria del cuerpo.
Como si el tiempo se detuviera para entregarnos una llave.
Para mí, esa llave tenía forma de videocassette. Recuerdo perfectamente una tarde de lluvia en Rosario, a principios de los 90. El ritual era sagrado: la casa de mi amiga Mariana, el olor a pochoclos recién hechos, la chocolatada caliente humedeciendo mis manos, y ese aparato que hoy parece una reliquia, pero que entonces era un portal: la videocasetera ,“la video”, como la llamábamos.
Pusimos el cassette de Labyrinth, y en ese instante mi mente se fue al cosmos. La lluvia golpeaba los vidrios y yo sentía que el mundo había desaparecido por un rato. Salí de esa casa con los pelos revueltos, el corazón latiendo en clave de misterio, hipnotizada por una Jennifer Connelly angelical y el magnetismo oscuro de David Bowie. Sin saberlo, acababa de recibir una iniciación.
Ficha técnica
Título: Labyrinth
Año: 1986
Dirección: Jim Henson
Guion: Terry Jones, a partir de una historia de Jim Henson y Dennis Lee
Música: David Bowie
Protagonistas: Jennifer Connelly (Sarah), David Bowie (Jareth)
Género: Fantasía, cuento iniciático, coming-of-age
Duración: 101 minutos
¿De qué trata Laberinto?
Laberinto cuenta la historia de Sarah, una adolescente que, en un momento de enojo y confusión, desea que su pequeño hermano sea llevado por el Rey de los Goblins. El deseo se cumple, y para recuperarlo Sarah debe atravesar un laberinto mágico lleno de pruebas, criaturas extrañas, acertijos y decisiones engañosas.
A lo largo del recorrido, Sarah se enfrenta a ilusiones, tentaciones y atajos que prometen soluciones fáciles, pero que suelen desviar del camino. Cada encuentro pone a prueba su capacidad de discernir, confiar en sí misma y asumir la responsabilidad de sus elecciones. El laberinto no funciona solo como un espacio físico, sino como un territorio simbólico donde lo emocional, lo imaginario y lo real se entrelazan.
La historia culmina cuando Sarah comprende que el poder que parecía estar en manos del Rey de los Goblins nunca fue externo, sino que dependía de su propia creencia y madurez interior.
Más allá de su apariencia de cuento fantástico, Laberinto puede leerse como un relato de iniciación. No se trata de una aventura de conquista ni de la clásica misión heroica orientada al dominio, sino de un proceso de transformación interna guiado por la sensibilidad, la intuición y la relación con un mundo vivo.
El laberinto no es un enemigo a vencer, sino un espacio orgánico que responde, engaña, protege y enseña. Los bosques, las piedras, los objetos y las criaturas parecen tener conciencia propia, recordando antiguas narrativas donde la naturaleza es maestra y espejo del proceso humano. Sarah no avanza imponiendo fuerza, sino aprendiendo a escuchar, a equivocarse y a corregir.
Desde esta perspectiva, el recorrido de Sarah dialoga con el arquetipo del sagrado femenino: un camino donde el poder no proviene del control externo, sino de la integración emocional, la imaginación consciente y la capacidad de sostener la propia verdad sin negarla ni proyectarla en otro.
Leer Laberinto desde este lugar no cancela otras interpretaciones —románticas, psicológicas o culturales—, sino que las amplía, permitiendo ver en la película un mapa simbólico de crecimiento, autonomía y reconciliación con lo vivo.
El laberinto no es solo un escenario: es un lenguaje. Un sistema de símbolos que se expresa a través del arte, la música, el teatro y la escritura. Cada giro, cada criatura y cada canción funcionan como frases de un relato más antiguo que la propia historia de Sarah. Nada está ahí solo para entretener; todo comunica, seduce o confunde, como suele hacer la vida sobre todo cuando cruzamos un umbral de cambio.
El Laberinto de la Adolescencia y la Iniciación Femenina
Treinta y tres años después de haberla visto con 11 años en una tarde lluviosa rosarina, regresé al cine para verla en pantalla grande por su aniversario de los 40 años y el cumpleaños de David Bowie (QEPD te amamos), ahora junto a mi hija Sarah quien también ama el film, la música y creo que la vio muchas más veces que yo. Y ya que hablamos de ese punto, entre los sintetizadores de Trevor Jones y los ojos hipnóticos del búho, comprendí que Jim Henson no nos dio solo una película de fantasía: nos dejó un manual de soberanía, independencia y poder femenino.
Sarah es una adolescente en ese umbral incómodo donde un pie sigue en la habitación llena de juguetes y el otro empieza a sentir el vértigo del mundo exterior. Su drama es el de todas nosotras: la lucha por la identidad frente a un mundo que exige madurez inmediata, mientras el sistema susurra que debemos permanecer congeladas en belleza y pasividad. El laberinto es su pubertad hecha pasillos imposibles y emociones caóticas, donde cada decisión se convierte en un espejo de su alma.
El sacrificio de la niñez es el primer nivel del laberinto. Sarah debe cuidar a su hermano Toby y, para lograrlo, deja de jugar con sus vestidos de princesa. Se enfrenta a un mundo de decisiones y peligros. Muchas de nosotras fuimos “Sarahs” antes de tiempo: jóvenes que aprendimos a navegar pasillos inciertos. El laberinto es confuso, es injusto (“¡No es justo!”, repite ella), pero es el camino hacia la madurez del alma.
Los personajes que aparecen en el camino no llegan para guiarla desde un saber superior, sino para reflejar fragmentos de su propio proceso. Hoggle encarna la duda y el miedo a perder el favor del poder; Ludo representa la sensibilidad profunda que aún no encuentra palabras; Sir Didymus, la lealtad rígida a reglas que ya no siempre sirven. No son maestros ni salvadores: son espejos móviles que acompañan mientras Sarah aprende a decidir por sí misma.
Jareth: La Trampa del Rescatador y las Falsas Creencias
En medio del viaje aparece Jareth, el Rey de los Goblins: seductor, peligroso, magnético. Es el príncipe del cuento y, al mismo tiempo, la encarnación de una promesa antigua: la de un otro que ofrece sentido, protección y maravilla a cambio de entrega. “Témeme, ámame, haz lo que yo diga y seré tu esclavo”, dice, revelando la lógica invertida de un vínculo donde el poder se sostiene en la adoración. Jareth no representa al amor en sí, sino una forma de amar aprendida: aquella que confunde deseo con dependencia y fantasía con verdad. Sarah no rechaza el vínculo, sino la jaula. Al atravesar el laberinto, descubre que la magia no proviene de ser elegida por un rey, sino de elegirse a sí misma sin renunciar a su sensibilidad, su imaginación ni su capacidad de amar.
La música irrumpe como un hechizo. Las canciones de Jareth suspenden el tiempo, alteran la percepción, prometen sentido y belleza. No son simples números musicales: funcionan como encantamientos. Cada vez que la música aparece, Sarah está a punto de olvidar su propósito o de entregarse a una ilusión más cómoda. Como en los antiguos relatos, la melodía puede guiar… o desviar.
El rescate es una ilusión. La verdadera libertad es la soberanía: la capacidad de decir “No tienes poder sobre mí” y sentir que realmente es así.
Estética Sagrada: Serpientes, Piedras y Animales Guía
El diseño de Brian Froud crea un mundo vivo donde nada es casual. El vestido de Sarah en el baile está lleno de arabescos dorados y serpientes, símbolos de sabiduría y regeneración, anunciando su mudanza de piel. Sus aliados son elementales: Ludo, que convoca piedras con un corazón puro; animales guía que sostienen su camino cuando el ego intenta confundirla; y los cristales de Jareth, espejos vivos que solo pierden su poder cuando Sarah recupera el centro de su alma.
Cada criatura, cada roca, cada giro de cámara es un gesto ritual. Los Goblins, los Fireys y los trucos visuales no son solo espectáculo: son metáforas del caos emocional, la fragmentación y la integración necesaria para crecer.
El número 13: tiempo lunar, rito y transformación.
El recorrido de Sarah está marcado por un número que, lejos de ser casual, carga una memoria antigua: el trece. Trece horas le son concedidas para atravesar el laberinto y recuperar a su hermano. En muchas culturas ancestrales, el trece no es un número de mala suerte, sino el número de los ciclos completos: las trece lunas que conforman el año lunar, el ritmo del cuerpo, de la sangre, de la gestación simbólica y del tiempo vivo.
Antes de que el tiempo se ordenara exclusivamente en calendarios solares y productivos, la luna marcaba los ritmos esenciales de la vida. Trece lunaciones forman un ciclo completo, un retorno. En ese sentido, el plazo impuesto a Sarah no es solo una cuenta regresiva: es un útero temporal. Un tiempo circular, orgánico, donde cada paso implica transformación.
El trece es un número liminal: no cierra ni abre del todo, desestabiliza el orden conocido. No pertenece a la estructura cómoda del doce —los meses, los signos, los apóstoles—, sino que lo desborda. Como el laberinto mismo, el trece incomoda porque no se deja domesticar fácilmente.
Jareth gobierna el tiempo como una amenaza: relojes, cuentas regresivas, urgencia. Es el tiempo del control y del miedo a perder. El recorrido de Sarah, en cambio, responde a otro pulso: el de la experiencia, la escucha, el error y la corrección. Mientras más se alinea con ese tiempo interno, menos poder tiene la amenaza externa.
Cuando Sarah completa el recorrido, no “vence” al tiempo: lo habita. El ciclo se cierra porque algo en ella maduró. Como la luna, no vuelve al mismo punto: vuelve transformada.
Dance Magic: El Poder Chamánico del Movimiento. La danza que transforma.
La danza es medicina. En todas las culturas, los ritos de paso —de los quince años al Bar Mitzvah— requieren movimiento ritual. Quien domina el ritmo, domina el trance.
Jareth lidera el “Magic Dance” como hechicero del umbral. Los saltos de Sarah representan el desprenderse de la tierra para elevarse a otros niveles de conciencia. Cada giro, cada salto, cada caída es aprendizaje integrado en la célula: sudor, ritmo, trance. Es la danza que permite que el espíritu no se quede estancado en el pasado.
Fireys: Disociación y Fragmentación. Caos y espejos del laberinto
El encuentro con los Fireys es puro descontrol emocional, una explosión de caos que desordena todos los sentidos. Extremidades y cabezas volando, luz negra que hace brillar la irrealidad, música irónica y pegajosa: “Chilly down!”. A primera vista, parece un momento divertido, casi cómico, pero debajo late un mensaje más profundo: estos seres son la metáfora perfecta de la disociación y la fragmentación. Nos muestran lo que ocurre cuando tratamos de encajar en un ritmo que no nos pertenece.
Ellos repiten frases como “relájate”, “calma”, “sonríe”, que a simple oído parecen consejos benignos, incluso espirituales. Pero dentro del laberinto, esas palabras se vuelven huecas y peligrosas. Representan la presión de los sistemas externos —la sociedad, la autoridad, la manipulación afectiva— para que nos desconectemos de nuestro centro y adoptemos conductas automáticas. Nos enseñan a aparentar tranquilidad mientras el fuego interno nos consume, a sonreír mientras nos sentimos fragmentadas, a aceptar la ilusión de control cuando todo a nuestro alrededor se cae a pedazos.
Sarah intenta encajar, balanceándose entre la fascinación y el miedo, y descubre que esa “magia” no es liberadora; es sedante, manipuladora, separadora. Cada Firey que arroja su brazo o pierde su cabeza es un recordatorio de cómo podemos perder partes de nosotras mismas cuando cedemos nuestro poder a la voz externa que nos dice “está todo bien, confía, sonríe”. Henson oculta a los titiriteros para que la ilusión sea perfecta: vemos movimiento, música y energía, pero no entendemos de inmediato la trampa. La maestría del engaño está en lo atractivo que parece, en cómo seduce la mente a obedecer y olvidar. Es un espejo de la vida real: prácticas espirituales simplificadas, consejos repetidos, fórmulas que prometen calma mientras desconectan del cuerpo y el alma.
El Clímax: “NO TIENES PODER SOBRE MI”. El momento de reclamar tu centro
La burbuja del baile de máscaras es un tiempo circular, un hechizo donde todo puede quedarse igual para siempre. “It’s only forever, not long at all”, canta la canción. Pero Sarah rompe la ilusión. Prefiere la realidad, su voluntad, su corona. No vence con espadas; vence con conciencia y soberanía. Cada cristal que Jareth usó para manipular se quiebra, revelando nuestras creencias limitantes. Cuando dejamos de darles poder, se convierten en espejismos.
El baile de máscaras es uno de los momentos más reveladores del film. Teatro puro. Un espacio donde nadie muestra su verdadero rostro y donde el deseo se disfraza de elegancia. Sarah participa del baile sin estar del todo presente, como si se observara desde afuera. Es la fantasía del cuento de hadas en su forma más perfecta y más vacía: todo brilla, pero nada es elegido conscientemente.
El salto al vacío sobre las escaleras Escher es simbólico: dejar la mente atrás, confiar en el corazón y atravesar el laberinto de la vida.
Sarah atraviesa el laberinto con algo más que valentía: lo hace con imaginación. Su vínculo con los libros, las palabras y las historias no es un detalle menor. El desafío no consiste en abandonar la fantasía, sino en aprender a usarla sin quedar atrapada en ella. El laberinto le devuelve esa capacidad transformada: ya no como escape, sino como poder creativo consciente.
Cerrando el Círculo: De Rosario al Presente
Fui al cine para cerrar un capítulo que empezó en Rosario. Soy quien toma las riendas de su historia y reconoce su propio poder; soy la mujer, que aprende a llamar a las piedras, a bailar sus propios ritmos y a romper burbujas. Afuera, el mundo puede ser un laberinto oscuro, pero como Sarah, tenemos el mapa: la magia habita en mirar la sombra a los ojos y recuperar la corona.
El regreso no implica olvido. El mundo mágico no desaparece: se integra al cotidiano, como se integran los ciclos, los sueños y la memoria del cuerpo. El baile final no es una boda ni una coronación, sino una danza de reconciliación. En la habitación de Sarah, espacio íntimo y sagrado, todas las figuras del recorrido reaparecen no como fantasía escapista, sino como fuerzas aliadas. El laberinto sigue existiendo, porque la vida es movimiento y prueba, pero ahora Sarah reconoce su ritmo interno. Ya no camina perdida: danza. Y en esa danza, el mundo vuelve a estar vivo.
Los relatos iniciáticos no terminan cuando se apagan las luces. Su función no es explicar, sino acompañar. El mito verdadero deja herramientas: palabras, símbolos, gestos que podamos usar cuando el laberinto reaparece en la vida cotidiana, con otros nombres y otros rostros.
Guía Oracular: “El Palacio de las 13 Llaves”
Como Sarah, necesitamos herramientas para atravesar nuestros laberintos internos:
- Galerías de los Elementos: Rituales suaves para volver a tu centro cuando te sientes fragmentada.
- Llave de la Soberanía: Transformar “No tienes poder sobre mí” en un escudo cotidiano.
- Acompañamiento de Sir Giz: Guardián que susurra que el tiempo y el mapa están de tu lado.
Esta guía puede descargarse mediante una donación consciente en Ko-fi, y usarse como oráculo personal para abrir puertas internas. También es posible agendar sesiones para atravesar, juntas, esos pasillos que hoy se sienten más oscuros. Descarga la guía aquí.








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